Fuese que Insúa creyera realmente en aquel parentesco, que se había hecho una leyenda, fuese que se hubiese acostumbrado a los servicios de José Golondrina, éste permanecía siempre con él, mas no en la estancia de Calchaquí, a donde no le había enviado desde niño, sino en la de la costa, donde estaba el centro de sus recursos, y que era generalmente el punto de cita de los revolucionarios en la campaña.
Pero el indio conservaba en la memoria la impresión indeleble de los paisajes de Calchaquí, y el recuerdo de aquel hermoso campo, cubierto de bosques de veinte leguas cuadradas, donde podría albergarse toda su tribu, que ahora vagaba errante por el Chaco, lo perseguía con implacable tenacidad.
Un día, siendo él niño, muerta ya su madre, una india vieja, de las que quedaron en la estancia cuando el cacique huyó y que pasaba por hechicera entre las gentes simples de aquellos lugares, le contó su historia y le enseñó a malquerer al hijo del amo, a Francisco Insúa, a quien allí no conocían aún, pero de cuya existencia en la ciudad lejana se hablaba entre los peones.
"Todos estos campos eran de la tribu antes de venir los cristianos—le dijo la india, abarcando con un gesto el vasto quebrachal, donde tenía su rancho, lejos de las otras casas.—El abuelo de tu abuelo, era el cacique más poderoso del Chaco, y una vez puso, en contra de los blancos, mil lanzas y ganó la batalla.
"Y yo he visto en las estrellas, que este monte será otra vez de la tribu, cuando muera ese niño que ha nacido en Santa Fe, y vuelva a ser amo nuestro un hombre que sea hijo de los hijos del último cacique."
En el espíritu taciturno de José Golondrina, aquella predicción engendró una llama que le consumía.
Callado, sumiso, bravo en todos los trabajos, se preparaba pacientemente para los días que habían de venir.
Lo que hubiera en él de sangre blanca estaba anegado en la ola ancestral de sangre orgullosa de cacique, que le hacía sentirse indio hasta la médula de los huesos, y encendía en su corazón la silenciosa esperanza de ser algún día el redentor de su tribu.
Insúa recelando quizás aquella ambición, nunca lo mandó a su estancia de Calchaquí y como el volver a los campos donde pasó su sombría niñez, era la secreta obsesión de José Golondrina, nunca quiso él, por su parte, alejarse de la otra estancia, donde se fraguaban las revoluciones que alguna vez podían servir a sus planes.
Y así vió prepararse aquélla, en cuya aventura se encontraban lanzados ya, y fué desde el primer momento el más activo de los colaboradores del capitán sin lograr con ello deshacer totalmente las prevenciones de Alarcón.