Difícilmente se habría hallado un tipo de criollo más hermoso. Era nativo de San José del Rincón, donde una mezcla ignorada de sangres, ha producido una casta absolutamente especial de morenos de ojos azules y facciones caucásicas.
Alarcón era en los rodeos el más fuerte entre toda la peonada, y sus brazos firmes como un palenque, y sus manos sólidas, como un torno, bastaban para sujetar un novillo arisco, cogiéndolo por los cuernos y clavándolo en la tierra sobre las cuatro pezuñas rígidas.
Insúa que no toleraba superioridad en nadie, porque él también poseía suma destreza para los trabajos del campo, y su vigor se comentaba aun en los sitios donde no se le conocía sino por el relato de sus hazañas, había concluído por resignarse a ser menos fuerte que aquel hermoso gaucho de tez ligeramente tostada y de ojos profundamente azules.
Se habían conocido de niños, en las andanzas de Insúa por el Rincón, como años después Alarcón anduviera rodando de estancia en estancia, buscando un patrón que supiera apreciar su trabajo en lo que valía, el joven caudillo lo llevó a su lado y lo hizo su capataz en el establecimiento y su teniente en las campañas revolucionarias.
José Golondrina no podía olvidar que Alarcón le había privado a él de esos mismos cargos, y tenía, para agravar sus enconos, motivos especiales que venían de muy lejos.
El padre de Insúa poseía una gran estancia en los quebrachales de Calchaquí.
Allí había nacido José Golondrina, hijo de una india criada al amparo de las casas.
Contábase que un cacique poderoso, jefe de una de las tribus más grandes que hubo en aquellas regiones, perseguido por el ejército de línea, se refugió en la estancia de Insúa, y al huir de nuevo cuando la tropa se acercaba, dejó entre otras mujeres, a su hija, que encomendó al amo, diciéndole que alguna vez volvería a buscarla de su Chaco misterioso, donde criaría hermosos caballos para él.
La indiecita llegó a ser una hermosa muchacha y no faltó quien dijera que el niño que un día nació de ella, el indio José, mayor que Francisco Insúa algunos años, era el hijo primogénito del dueño de la estancia, y habría sido el heredero de toda aquella riqueza a no cruzarse en su destino el niño blanco, de casta noble.