Por eso, cuando lo vió alejarse hacia el centro de la isleta, buscando un sendero para ir hacia donde él había dicho, lo llamó con un silbido.
—Vamos los dos—le dijo.
—Vamos,—contestó José Golondrina sin volver la cara.
Y quedaron los hombres allí, mandados por Moor, que era el tercero, no obstante su juventud, en la jerarquía establecida por Insúa.
Y el fuego chisporroteaba alegremente, devorando las secas ramillas de los aromitos, y haciendo brasas grandes y rojas con la madera fuerte de los algarrobos.
Tres pavas de hierro, negras de hollín, empezaban a cantar la alegre canción del agua dispuesta para el mate, confortante y engañador para los estómagos vacíos, y mientras eso ocurría, aquel muchachón que sondeaba en la lancha la profundidad del río, y que era a la vez el despensero, distribuía "los vicios"—azúcar y yerba—entre los que habían de cebar el mate.
Un pichel de ginebra, tasado por Alarcón, circulaba en la rueda, despertando a su paso las conversaciones, chispeantes como la hoguera.
Juan Alarcón marchaba al lado del indio chafando con su paso firme los camalotes que cubrían la tierra en las hondonadas, señalando los sitios hasta donde había llegado el agua de las crecientes.
Era un mozo de treinta años, vestido con esmero, chambergo de alas rectas y anchas, botas amarillas y cuidadas, tirador guarnecido de monedas de plata y largo facón que le cruzaba la espalda, a más del revólver que brillaba al alcance de la mano.