—Sí, mi teniente.
—¿Conocés a los dueños?
—Sí, mi teniente.
—Bueno, andá.
El indio se levantó; era petizo, gordo, de tez amarilla, con tonos de aceituna, pero de facciones extraordinariamente finas.
Hablaba poco y era habitualmente esquivo a la compañía de los hombres.
Fuerte, diestro, conocedor de todos los secretos recursos de las islas, nadador como uno de los yacarés que poblaban las aguas fangosas de aquellos riachos, Insúa lo consideraba elemento indispensable en sus excursiones y le daba cierta jerarquía sobre todos, después de Alarcón.
Y esto era motivo de un oculto rencor del indio hacia su amo, considerándose pospuesto con injusticia, en la tropa revolucionaria.
Disimulaba sus sentimientos bajo una untuosa sumisión, que no había logrado engañar, sin embargo, el ojo experto de Alarcón, el cual recelaba de la fidelidad de José Golondrina.