Buscando sitio a propósito para encender el fuego, marchaban en grupo Alarcón, José Golondrina y Moor, el joven suizo. Pronto hallaron lo que deseaban: un espeso rodeo de árboles, donde había leña fuerte en abundancia y podía hacerse una hoguera con ramas secas, que no dieran humo.

—Mi teniente—dijo Moor a Alarcón, así que la llama flameó alegremente en el discreto reparo del boscaje—yo estoy gordo y tierno, y los compañeros tienen hambre. Si me dejo estar aquí, mientras ellos matean, me van a asar con cuero. Si me voy a rodar tierras, todavía puedo dar con alguna ternera orejana que me libre y nos quite el hambre.

Los paisanos en cuclillas, alrededor del fuego, unos, echados otros de bruces sobre el musgo seco que alfombraba la tierra, y de pie los más, tranquilos, esperando los sucesos, comentaron aquella salida con una carcajada aprobatoria.

Alarcón vaciló un momento.

Había sido poco previsor y sus hombres estaban casi en ayunas, desde el amanecer, hora en que les repartió un churrasco, la última ración de la carne que le dieron en Helvecia.

Iba a autorizar al suizo para que se rebuscase la ternera, entre las haciendas numerosas que pastaban en los alrededores, cuando habló José Golondrina, que había callado hasta entonces.

—Mi teniente—dijo alzando apenas la voz, en cuclillas, según estaba mirando al suelo, como si hablara para sí mismo—no hay necesidad de carnear ajeno; si usté quiere, aquí cerca hay relaciones que pueden darnos o vendernos una vaquilla.

—¿Dónde?

—A media legua al naciente, en la Casa de los Cuervos.

—¿Conocés el paraje?