Insúa había ordenado que no entraran antes de las once de la noche, hora en que menguaba la vigilancia de la policía.
Además era necesario cargar de leña las dos lanchas, en forma que permitiera ir a los hombres a bordo, disimulando su presencia. Se necesitaban para ello largas varas flexibles, y allí el tupido sauzal ofrecía cargamento fácil de cortar, para toda una flota.
Teniendo, pues, varias horas libres, antes de ponerse en marcha nuevamente, los tripulantes saltaron a tierra, regocijados con la perspectiva de poder encender fuego en el centro de la isleta y tomar mate sin riesgo de llamar la atención de los policianos, si es que merodeaban por allí.
La presencia de las lanchas con tres o cuatro hacheros cargándolas, no despertaría sospechas, porque el negocio de la leña ocupaba a muchos en Santa Fe.
Bajo la bóveda sombría que formaban los sauces, creciendo estrechados unos por otros, el suelo estaba lodoso y cubierto de pastos de agua.
Cuatro hombres, con sendas hachas, se pusieron a la obra.
Los troncos delgados y rectos, vestidos de enredaderas floridas, a pesar del otoño que llenaba la fronda de hojas doradas, caían sin ruido sobre el húmedo colchón de pasto.
De la tierra empapada subía un vaho penetrante y cálido, mezcla de todos los olores de aquellas hierbas corrompidas por la humedad, y del humus secular que tapizaba la isla con una capa fofa y negra.
Hacia el interior, el suelo se alzaba y aparecía más árido y seco.
Crecían allí los "curupíes" y los aromitos y algún algarrobo de áspero tronco y vasta copa.