Y los de las lanchas, peones de estancia o colonos de Helvecia, mejor alimentados y vestidos, reíanse de su miseria o de su flacura:

—¡Lindo cebo para un chicharrón!—decía un gringuito joven, rubio, de la colonia suiza, donde don Patricio encontraba sus más fieles partidarios.

Llamábase Moor; iba en la lancha "Mocoretá".

A pesar de su juventud se le tenía en mucho porque manejaba el fusil con una insuperable destreza.

Alarcón lo reprendía cada vez que hacía reír a sus hombres a costa de algún "nutriero". Después de todo, no era muy difícil que alguno de éstos, picado por las bromas o simplemente deseoso de ganarse una recompensa, saltara en su canoa, que podía navegar a través de los esteros, cortando los campos inundados y llegara antes que ellos a Santa Fe, con la denuncia de que los revolucionarios marchaban sobre la ciudad.

Tal peligro crecía a medida que se aproximaban a la laguna de Setúbal, región más poblada, que se vigilaba con gran cuidado por la gente del gobierno.

Hacia mediodía el sol abrió y cambió el viento. Navegaban ya en el curso profundo y encajonado del arroyo de Leyes, cuyas orillas cubiertas de sauzales, solían servir de escondite a los gauchos matreros, ladrones de haciendas, que huían de los policianos.

Alarcón dió orden de atracar en una isleta de la margen izquierda y los dos lanchones se arrimaron lentamente a la costa, cubierta de carrizas verdes y de camalotes aguachentos que chupaban los sábalos.

Siguiendo como hasta entonces en aquella marcha, y ayudados por la correntada más fuerte del arroyo de Leyes, debían llegar al puerto de la ciudad poco después de la oración, y eso era un peligro.