La mujer se paró, tomó de la mano a Syra, salió hasta la puerta y le dijo señalándole en el campo un punto más oscuro que las sombras.

—¡Allá, allá! ¡Yo he visto dos hombres! Deben estar muertos a estas horas. Allá fueron los primeros tiros...

Y Syra corrió, mientras ella volvía adentro a seguir llorando su prematura viudez.

Por una desgarradura de las nubes, apareció el disco dorado de la luna que bañó de claridad el campo verde, en el preciso momento en que Syra llegaba hasta los cadáveres de Borja y de Jarque...

Las gentes que moraban en las casuchas de barro y de paja de aquellos barrios apartados, en aquella noche sangrienta no oyeron nada más pavoroso que el alarido de horror de Syra, rasgando el silencio en que había quedado la ciudad.

Las mujeres se taparon la cara y los hombres se estremecieron, como si la muerte misma les hubiera llamado por sus nombres, a la puerta de sus casas.

En la barraca de Fosco, de donde éste había huído en las chalanas de los revolucionarios, que volvían derrotados, las dos mujeres que quedaron solas temblaron toda la noche, oyendo, cerca de allí, el lamento de Syra sobre el cuerpo rígido y yerto de su novio.

Y cuando el alba fría se derramó sobre el pueblo disipando las angustias de la noche, los que andaban en busca de la hija de Montarón, dieron con ella, sentada, como si aún esperase algo, junto al cadáver del teniente Borja.

Los primeros rayos del sol iluminaban el cuadro.