Syra al ver llegar aquella gente se incorporó, alta y hermosa, vestida de blanco, el negro cabello suelto a la espalda, como una onda de dolor.
—¡Allí está el que buscan!—les dijo señalando a Jarque, tendido de costado, y como dormido entre los pliegues de su capa—¡éste es mío y yo soy de él! ¡Ni lo toquen ni me toquen!
Los que la buscaban, impresionados por el aire de tragedia que había en todos sus gestos, se quedaron inmóviles, y ella al ver su estupor, se echó a reír con una risa desgarradora.
—¿Me creen loca? No, estoy cuerda y quiero vivir, por su memoria, para vengarle y vengarme... no sólo del asesino, sino de los que pagaron al asesino...
XI
La derrota
Fué un salto magnífico. De la balaustrada de la galería que daba a la calle, en la casa de Montarón, Insúa se arrojó sobre el tejado vecino.
Sintió que una teja cedía bajo sus pies, pero era ágil como un jaguar y salvó el obstáculo. El techo, a dos aguas, caía de una parte sobre la calle, de la otra, sobre un patio interior, y cubierto de musgo como estaba, e impregnado de rocío, hacía peligroso el andar.
Los que corrieron detrás del revolucionario, detuviéronse sorprendidos. Uno de ellos tenía una carabina y le apuntó. La distancia era corta y la noche clara, por lo cual el tiro no podía errarse; pero Insúa había previsto que le harían fuego, y salvando la cumbrera del techo, se puso a correr hacia la esquina, guareciéndose en el alero inclinado que daba hacia el patio.
Ante aquella maniobra que imposibilitaba el tirarle, el hombre de la carabina trepó a la balaustrada y desde ella saltó sobre el tejado, para cazar el fugitivo como a un gato, persiguiéndolo por las azoteas. Pero fuese que le estorbara el arma o que no tuviese la agilidad de Insúa, resbaló sobre las tejas mojadas por el relente de la noche, y soltando una maldición se estrelló en la calle.