El revolucionario alcanzó a verlo y seguro de que se limitarían ya a aguardarlo en la vereda del costado de la plaza, para atraparle cuando quisiera bajarse por allí, buscó manera de escurrirse hasta el patio de la casa en cuyo techo andaba.
Era un boliche, cuya pieza principal daba a la esquina, con dos puertas en ángulo recto, que se abrían una sobre la calle de la plaza, otra sobre la calle del Cabildo, separadas por un parante de algarrobo labrado.
La gente del boliche, un matrimonio de catalanes sin hijos, tímidos como liebres, pero acostumbrados ya a las revoluciones, que tenían por teatro inevitable aquel barrio de la ciudad, al oír los primeros tiros, habían atrancado sus puertas decididos a morir antes que abrir a nadie.
Insúa pudo bajarse al patio solitario, donde un cuzquillo olvidado por sus dueños, le ladró con furia al principio, y corrió luego a lamerle las manos.
A cada descarga, el jefe revolucionario sentía el vuelco de su corazón. Ya las cosas se tornaban en favor del gobierno, fracasado el recurso de la sorpresa con que contaban. Pero aun así, confiaba Insúa llegar a tiempo a la plaza para arrojar sus hombres como una avalancha sobre el Cabildo y entrar en él apoderándose del gobierno de la ciudad.
Reconoció de una ojeada el patio donde había caído.
Era cuadrado y pequeño, lleno de plantas, que en la sombra afectaban formas fantásticas. Entre unas enredaderas descubrió una puertecilla que sin duda abría paso a la huerta; la franqueó y atravesó corriendo un tupido plantío de tártago, donde cacareaban las gallinas alarmadas. Trepó sobre la tapia del fondo, que era muy ancha, y comprendió que caminando sobre ella podría llegar hasta la huerta de la escuela, donde recogería sus armas y se lanzaría a la plaza a ayudar a su gente.
Agazapándose para no ser visto, corrió sobre el filo de la pared que se desmoronaba al pasar él, y en pocos minutos llegó hasta la escuela.
En un rincón del patio halló a don Serafín enloquecido de terror, mientras su hija, en el zaguán, no se alejaba de la puerta, lista para prestar auxilio a quien se lo pidiera, pensando en que podía ser él.
—¡Hijo mío!—le gritó el anciano al verle llegar, abrazándose a él—¿qué es lo que ocurre?