Con algunas amables palabras le infundió confianza de que allí no podía temer nada, y cambiando su incómodo traje de etiqueta por otro más holgado, se envolvió en un poncho de vicuña, tomó sus armas y corrió hacia la calle.
En el zaguán se cruzó con la hija del maestro, que nada le dijo por no demorarle, mas lo siguió con los ojos angustiados hasta que llegó a la plaza.
Allí le envolvió un tropel de gente en que reconoció a una parte de sus hombres que empezaban a desorientarse ante la sangrienta resistencia de los soldados del gobierno, que se batían sin peligro casi, parapetados en el Cabildo, y bien provistos de armas de fuego con que mantenían a raya a los asaltantes.
—¡Muchachos!—gritóles Insúa, dándose a conocer.—¡Al Cabildo! ¡Viva la revolución!
Y su grito como un toque de clarín, vibrante en el intervalo de dos descargas, reanimó el entusiasmo ya decaído de los revolucionarios, que se agruparon a su alrededor haciendo frente de nuevo.
Los gubernistas comprendieron por qué reaccionaron sus atacantes, y un capitán que mandaba la tropa organizó un piquete y lo mandó a rodear para tomar a los revolucionarios por la espalda.
A la aparición de Insúa, sus hombres enardecidos de nuevo, se tendieron a lo largo del costado sur de la plaza, parapetados detrás de los árboles y arreció el fuego que hacían, mordiendo con rabia los cartuchos de sus largos fusiles de chispa, con el áspero amargor de la pólvora en la boca.
Los hombres de a caballo, diezmados en un asalto infructuoso, se agruparon alrededor de Insúa, detrás del quiosco, que les resguardaba un tanto de las balas del Cabildo.