Insúa tranquilamente les daba instrucciones, porque iban a atacar de nuevo, lanza en ristre. Temblaban ya las astas en las manos nerviosas y retiñían las espuelas de los jinetes, entusiasmados por aquella voz serena, que apagado el trueno de una descarga, seguía explicando la maniobra, cuando un tiro aislado que parecía venir de la casa de Iriondo, le cortó la palabra.
Estaba Insúa de pie teniendo su caballo de la rienda, porque el montar él iba a ser señal del ataque.
Se llevó la mano al hombro y dijo:
—Estoy herido.
No cayó, empero, mas sintió que se le nublaba la vista.
—¡José, José Golondrina!—había gritado Alarcón al sentir el tiro de aquella parte, con la sospecha de que él hubiera sido, pues acababa de verlo correr hacia ese lado.
El indio llegaba en este momento con la carabina en la mano. Alarcón se echó sobre él.
—¿Quién tiró? ¿Vos, miserable?
—¡Allá, allá!—contestó el indio tranquilamente, señalando la esquina norte de la plaza que daba sobre la calle del Comercio.—Viene un piquete.
Como una respuesta a tal advertencia, la tropa que venía a coparlos por la espalda les abrió un fuego mortífero que desmontó a varios jinetes, sembrando el espanto entre todos. Insúa tuvo apenas tiempo de subir a caballo sostenido por uno de sus hombres. No podía saber si eran muchos o pocos los que así atacaban, la revolución estaba perdida.