Ya no debían atinar sino a salvarse de caer prisioneros para aguardar tiempos mejores en que la suerte les acompañara.
Gritó:—¡Alto el fuego! ¡Sálvense, muchachos!, ¡será para otra vez!—y espoleó su caballo, que dió un salto al arrancar, agitándole violenta y dolorosamente el brazo roto.
Todos se desbandaron. Los de a pie corrieron hacia el río para embarcarse en las chalanas y pasar a las islas antes que clarease el día. Los de a caballo tomaron hacia el norte, buscando el camino de Santa Rosa y de Helvecia, donde estaban sus hogares.
Más de treinta quedaron tendidos sobre el pasto verde y suave de la plaza, que el sol de esa mañana haría brillar manchado de sangre.
La persecución de los fugitivos no pudo organizarse inmediatamente porque los caballos de la policía no estaban listos.
Insúa corrió entre un grupo de los suyos unas cuantas cuadras, pero fué quedándose rezagado sin que lo observaran.
Dolíale horriblemente la herida, lo que lo obligaba a ir constantemente sosteniéndose el brazo, para que no se le moviera con el traqueteo de la marcha.
A los pocos minutos pensó que debía volver a la escuela, donde la hija del maestro lo vendaría para que así pudiera huir.
Volvió, en efecto, siguiendo las calles apartadas y solitarias.