Rosarito había visto pasar el tropel de los fugitivos y comprendió que la revolución estaba vencida.
¿Quiénes eran los muertos?
Helada de espanto, temerosa de saber la verdad, permanecía en el hueco de la puerta sin moverse, acechando todos los ruidos que podían darle un indicio de lo que ocurría, rezando por los que agonizaban y temblando de que sus rezos pudieran acompañar el alma del hombre que amaba, cuando sintió el sordo paso del caballo de Insúa, que llegó hasta la puerta.
Don Serafín clamaba por su hija desde el rincón en donde se refugió a los primeros tiros. Pero Rosarito oyó la otra voz que la llamaba desde la calle, y acudió a ella.
—Todo se ha concluído—le dijo Insúa sencillamente—estoy herido, ¿querés vendarme?
—¡Ay!—exclamó ella juntando las manos—¡madre mía del Rosario!—y corrió adentro a buscar un gran pañuelo de seda que podría utilizar y un frasco de árnica.
—¡Rosarito! ¡Hija mía!—gemía el viejo.
—Papá, ¡Francisco viene herido!—Perdió el miedo don Serafín con aquella noticia y corrió a la puerta. Y allí los dos, a riesgo de ser sorprendidos por la gente del gobierno, vendaron al jefe de los revolucionarios que no aceptó quedarse en la escuela, refugio harto sospechoso y huyó de nuevo, en su excelente caballo, dominando el dolor de la herida y sintiendo a lo lejos temblar la tierra bajo los cascos de la caballería del gobierno, que ya se había lanzado en su persecución.
Todavía era de noche, mas el alba no debía estar lejana.
Insúa se encaminó hacia el Noroeste de la ciudad, dispuesto a desviarse de la carretera que generalmente seguían para ir a Santa Rosa, y que a esa hora debía estar ya ocupada por la policía.