Insúa para librarse de los rayos del sol, comprendiendo que ya se había alejado con exceso del camino de Santa Rosa, y que a esa hora las patrullas del gobierno debían haberse replegado a la ciudad, se internó en el monte.

Era tupida la arboleda y los churquis espinosos que nacían al pie de los ásperos ñandubays, le cerraban el paso a cada instante, obligándolo a buscar los senderitos tortuosos abiertos por la hacienda, hacia los comederos o las aguadas.

Algunos toros salvajes mugían sintiéndole pasar; escarbaban la tierra con rabia y echaban a andar desdeñosos, buscando no al hombre, sino al rival, que de lejos contestaba a su grito de guerra.

Las vacas inquietas y curiosas huían, deteniéndose a trechos y volviendo la cabeza para mirar al fugitivo, a cuyos ojos el paisaje aparecía cubierto por ese velo de ensueño con que la fiebre parece envolver las cosas.

Tenía sed, una sed terrible, que le hacía marchar con la cabeza baja, la mirada avizora, buscando en el monte los charcos de agua fétida en que se abrevaban las vacas.

Pensaba en sus amigos de Santa Fe, presos sin duda, a esas horas y en cierta manera deshonrados por la derrota. Sentía impulsos de correr, lleno de saña contra el hombre invencible, que con un solo gesto había hecho abortar aquella noche el complot urdido en su contra.

La fiebre que le martillaba el cráneo, nacía más que de su herida, del dolor y de la vergüenza de haber sido afrentado por él con tanta gentileza. Sus amigos, al menos, no habían sufrido el latigazo de aquella voz amable que le decía:

—¿No vé cómo está manchada la pechera de su camisa?

¡Ah! La sangre de los muertos por su mano se había vengado cruelmente en su orgullo de jefe, derrotado por la sonrisa de un hombre:

—"¿Va a entrar así al salón del baile?"