Apretó los ijares de su caballo y se lanzó a la carrera por entre el monte, como cuando en su estancia perseguía la hacienda para traerla al rodeo. Las altas ramas extendidas como zarpas bajábanse a veces y le obligaban a echarse sobre el cuello de su caballo, para no romperse el cráneo contra ellas. Los matorrales, cuya ramazón flexible crujía violentamente, cerrábanse tras él, tironeándole con sus mil uñas el poncho que flotaba desgarrado a sus espaldas.
El caballo tenía la boca ensangrentada y palpitantes los flancos y empapados en sudor.
Insúa corría, castigada su alma con los siniestros recuerdos de esa noche, en que su mano había derramado sangre inocente, y en su carrera desatinada sus ojos encendidos por la fiebre, hallaban perfiles fantásticos y medrosos en todos los detalles del cuadro que le rodeaba.
Sentía una sed tan terrible que una vez pasó la mano por el ijar mojado en sudor de su caballo, y fué a beber. Pero era de un sabor insoportable aquel líquido acre y tibio. ¿Dónde estaban los charcos en que bebía la hacienda?
Miró el sol, por entre las copas despeinadas de los algarrobos y torció bruscamente hacia el Este. Quería llegar a la laguna de Setúbal, para arrojarse con caballo y todo en su onda fresca y beber a sus anchas, aunque allí lo hubieran de prender.
Los revolucionarios, sin duda, habían tomado por el camino de San José del Rincón. Para reunírseles, él debía seguir la costa, vadear el Saladillo y la pequeña laguna de San Pedro, en la punta norte de la de Setúbal, y alcanzar así el arroyo de Leyes, donde no era imposible que se cruzara con alguna de sus chalanas, si Alarcón o cualquiera de sus hombres se habían atrevido a huir por el río, camino que tenía sus ventajas y sus riesgos.
Galopó como una hora, torturado por la sed, que traía sobre él infinitas alucinaciones, haciéndole creer en cada revuelta del bosque en un charco fresco de agua; hasta que raleándose la arboleda, divisó a lo lejos la cinta azul y plácida de la hermosa laguna.
El caballo, sediento como el amo, relinchó olfateándola, y sus cascos herrados llamearon al sol, sobre la llanura, que se desenvolvía como un manto verde, a lo largo de la costa, cortada por el blanco perfil del camino.
Al cruzarlo, no vió Insúa, alucinado como iba por el agua azulada y brillante, una nube de polvo que ascendía de la carretera, hacia la parte del Sur, donde estaba la ciudad.
Llegó hasta la barranca, no muy alta, y con grietas por donde bajaban las haciendas, y entró en la laguna hasta que el agua llegó al pecho del caballo.