Se quitó el sombrero, lo llenó de agua y se puso a beber con una inmensa fruición, sintiendo la frescura del líquido puro que le aligeraba la sangre en las venas.
El caballo bebía también interminablemente, haciendo sonar las coscojas del freno y resoplando, a cada espumilla que la corriente le traía hasta el hocico, cuando de pronto apareció sobre la barranca, cien metros más atrás, un grupo de jinetes de rojas bombachas, con sables que brillaban al sol, y carabinas que alzaban sobre sus cabezas, dando alaridos de júbilo.
Insúa miró y comprendió. Estaba perdido; eran los policianos del gobierno, de cuyas manos no podía escapar, porque antes que él volviera a trepar la barranca, ellos le cerrarían el paso. Pensó en hacerse matar, pero la idea de que muerto él, el gobierno quedaría triunfante y tranquilo para siempre, le encendió un áspero deseo de vivir para vengar su derrota.
Por un lado la laguna, que se extendía ante él como una inmensa tela azul, ancha de leguas. Por el otro la barranca, las bombachas rojas, la prisión o la muerte.
Eligió la laguna, castigó a su caballo y se arrojó con la insensata esperanza de llegar a la otra costa, cuyos verdes sauzales se divisaban en lontananza.
El caballo manoteó algunos pasos, perdiendo pie, y luego sin vacilar, como si hubiera comprendido que era la salvación de los dos, se dejó hundir hasta el pescuezo, y empezó a nadar, soplando, con las narices a flor de agua, y los ojos fijos en la orilla lejana. Insúa tiró la carabina, que hasta entonces llevara a bandolera, y el poncho que se arrastraba sobre el agua, haciendo peso y con la mano derecha se agarró a la crín flotante de su caballo.
Era un tostado, morrudo, de cabeza descarnada y mirada inteligente. Criado en la estancia de Insúa, había husmeado la querencia del otro lado de la vasta laguna, y nadaba con fe en sus remos poderosos.
Los policianos habían conocido a Insúa, por el poncho y el caballo, y para no perder la extraordinaria fortuna que la casualidad les deparaba, apartáronse de la barranca, se extendieron en una línea prolongada, y cayeron bruscamente, al galope de sus caballos enardecidos por sus gritos, sobre el sitio por donde había bajado Insúa hasta el agua. Pero esos minutos perdidos en la maniobra, con que quisieron impedir su fuga, permitieron al revolucionario alejarse un buen trecho de la orilla.
Los policianos que nunca imaginaron que se arrojaría a la laguna, al ver apenas a flor de agua la cabeza del caballo y los hombros de él, que se achicaba cuanto podía, le insultaron con rabia.