Uno de ellos se echó a nado, pero su caballo no aquerenciado en la otra costa, dió unos cuantos respingos, y se volvió. En vano su dueño le golpeó el testuz con el cabo de su rebenque; aquella intentona sólo sirvió para dar tiempo a que el fugitivo ganara unos cien metros más, y sólo se divisaba ya como un punto negro sobre el agua que se quebraba en trémulos reflejos a los rayos del sol.
Entonces el jefe de la patrulla echó pie a tierra y le apuntó con su carabina y tranquilamente, como si se tratara de tirar sobre un pájaro o sobre un yacaré, levantó el gatillo. Inclinaba la cabeza sobre el hombro derecho, para ver mejor, y se había echado atrás el kepí, cuya visera verde tocaba con el caño reluciente del arma. Era hombre de gran destreza en su manejo, pero el blanco movible que se alejaba siempre, y la excitación de su pulso agitado por la violenta carrera de toda la mañana, le hicieron errar el tiro. La bala se perdió a veinte pasos del lugar donde se veía a Insúa, avanzando siempre hacia el centro de la laguna.
Volvió a tirar y fué lo mismo.
—¡Pie a tierra!—gritó a sus hombres—¡y fuego sobre él!
Los veinte soldados que formaban la patrulla, arrodillados al borde de la barranca, empezaron a ametrallar al fugitivo. Las balas cada vez picaban más cerca de él, porque la puntería se afinaba. De pronto se le vió desaparecer, y sólo su caballo siguió nadando.
Los hombres se incorporaron dando un grito.
—¡Una bala en la cabeza! lo hemos muerto, y con las pupilas dilatadas, siguieron el rastro que en el agua iba trazando el valiente corcel del caudillo, que nadaba con la misma serenidad que si la otra orilla hubiera estado a veinte metros.
Insúa había desaparecido, y los hombres iban a montar ya, seguros de haberle herido de muerte, cuando surgió de nuevo su cabeza, junto al cuello del caballo.
—¡Maldición!—rugió el jefe de la patrulla—¡se escondió para que no le tiráramos!