En ese minuto de expectativa, el revolucionario se había puesto fuera del alcance de las carabinas.

Siguiéronle mirando hasta que el punto negro se perdió en la lontananza del agua, que agitaba el viento. Entonces todos montaron, y volvieron riendas hacia la ciudad.

—¡Se ahogará antes de llegar al medio de la laguna!—dijo uno de ellos y todos creyeron así.

Durante una hora, quizás, resistió el joven caudillo la sensación violenta que le producía ir a merced de su caballo, con la mano acalambrada en su larga crín. No podía valerse más que de la derecha, porque la otra herida, era un miembro absolutamente inútil.

La frescura del agua le había adormecido el dolor, pero se entumecía poco a poco, y sentía que el sueño se apoderaba de todo el cuerpo, como un veneno mortal.

Si se dormía, estaba perdido. Se soltaría de su caballo y se iría al fondo. Pensó que quizás ese término a sus padecimientos valía más que la lucha por vivir; pero la prodigiosa energía que le hacía ser lo que era le siguió sosteniendo. Llegó, sin embargo un momento, en que aun luchando contra la terrible modorra que le invadía con el frío del agua y la fiebre de la herida, dejó que sus ojos se cerraran, y toda su fuerza fué impotente para abrirlos, porque se durmió, sintiendo al principio que su mano seguía agarrada a la crín, y luego, que poco a poco, suavemente, se dejaba invadir ella también por la deliciosa sensación de abandonarse y descansar.


Cuando abrió los ojos creyó que soñaba.

Una habitación cuadrada, de piso de ladrillo, de techo bajo, con tirantes de palma enjalbegados, cubiertos de esas ásperas totoras de los bañados, impenetrables a la lluvia.

Una ventana ancha de vidrios pequeños, por donde mirábanse las copas de unos altos eucaliptus, que el viento balanceaba.