Y a un lado de la ventana, un algarrobo seco, del cual no se veía más que una rama, estirada, como un brazo descarnado, cenicienta y pelada, y sobre ella, inmóviles, como un símbolo de eternidad, dos enormes pájaros negros cuyas plumas sin brillo les daban un fúnebre color de crespón.

Insúa, que observaba con los ojos muy abiertos, desde una cama blanda y limpia, aquel cuadro que sin duda le pintaba la fiebre, sintió que la sangre se le helaba en las venas.

Siempre la vista de los cuervos, desde la noche que pasó en el cementerio, obsesionado por los ojos de diamantes de aquel que veló a su lado, devorando la mano de una muerta, le causaba una siniestra impresión.

Alguien lo habló. Se volvió para ver quién era y se halló con un paisano de barba encanecida, que estaba allí a su cabecera, con el sombrero puesto, en mangas de camisa, castigando las botas con la lonja de un talero.

—¿Qué significa esto? ¿Dónde estoy?

Y el paisano le contestó con una hospitalaria sonrisa que dejó al descubierto sus dientes amarillentos y fuertes:

—En la estancia de doña Carmen de Borja...

—¿Carmen de Borja?—repitió él.

—Sí, y de la niña Gabriela...

—¿Gabriela?