—¡Oh, qué esperanza! ¡Cuarenta pesos, no más!
—¿No más? ¡Señor Gobernador! Este meritorio servidor de la provincia no podrá vivir con eso...
—Vaya mañana a verme—dijo Bayo—a las ocho en punto.—Y luego agregó:—¿Tiene en su escuela algún niño pariente de Montarón?
—No, señor Gobernador. Don Pedro Montarón fué a pedirme nuevas de mi sobrino el capitán Insúa...
No bien don Serafín oyó el sonido de su propia voz, pronunciando aquel nombre, se le estrechó el corazón, porque recordó que Insúa y Montarón constituían con don Patricio Cullen el eje de las revoluciones contra el gobierno de Bayo y al revelarle a éste el objeto de la visita, quizás estaba comprometiendo algún plan.
No hablaron más y allí se separaron.
En el crepúsculo escaso ya, don Serafín vió a Iriondo entrar en su casa, llevando siempre del brazo al Gobernador.
El se quedó sólo un momento, en la plaza, perseguido por el rumor de su propia voz indiscreta.
La luz de la lámpara recién encendida en el boliche de don Pablo Ferrer, frente a la Matriz, hizo variar el rumbo de sus pensamientos.
Ahora podría pasar, sin avergonzarse, por aquella esquina, porque le iban a pagar la subvención y su desgraciada cuenta sería cancelada.