Se encaminó a su casa, cruzó la calle acercándose al almacén, para que Ferrer lo viera y si acaso, lo llamara. Mas cuando él pasó, el áspero catalán estaba arreglando el tubo de su humosa lámpara, pendiente de uno de los tirantes del techo, y no lo vió.
Cruzó de nuevo el arroyo y entró en su escuela, empujando la puerta de calle, asegurada por una gruesa piedra.
—¡Rosarito, Rosarito!—gritó.
Rosarito era su hija, toda la poesía de la vida del pobre hombre, y todo lo que le había hecho amar el trabajo y soportar la miseria.
Tenía diez y ocho años, y su sola presencia llenaba la casa.
A la voz de su padre corrió la niña hasta el zaguán obscuro, y antes de que él le hablara de su extraordinaria aventura, ella le dijo al oído con voz trémula:
—Está Francisco Insúa, papá, y no quiere que nadie lo sepa.
Los remordimientos de Don Serafín recrudecieron y empezó a sospechar que todo, desde las ausencias del Gobernador hasta la invitación a ir a su despacho, tenía relación con la repentina llegada del capitán Insúa.