II
Una voce poco fa!
La vida del maestro encerraba una novela que el mundo había olvidado.
Muchos años antes, tantos que él mismo ya no quería contarlos, porque su recuerdo se hacía más doloroso cuanto más lejano, él, joven, lleno aún de las ilusiones que le habían hecho cruzar el mar, recién llegado a Santa Fe, encontró un puesto de cajero y tenedor de libros en la casa de comercio de don Agustín Insúa, uno de los estancieros más fuertes del país.
Insúa tenía muchos hijos, pero sólo una hija, la menor, que en el tiempo en que don Serafín comenzó a hacer números en los grandes libros de su padre, era una deliciosa chicuela de siete años, rubia y de ojos azules, que más de una vez volcó el tintero sobre las páginas que el tenedor de libros iba llenando con signos misteriosos para ella. Él se encadenó a la casa obscura y triste en que su patrón vivía enriqueciéndose, por aquel rayo de sol que entraba casi a la misma hora, cuando su padre abandonaba el escritorio y quedaba el empleado solo.
Éste fingía no verla, para gozar mejor de la sorpresa que ella misma simulaba, cuando sintiéndola detrás se volvía de pronto y la alzaba en los brazos y la ponía encima del alto pupitre donde él trabajaba de pie.
Allí se quedaba Rosarito—era su nombre—muy seria, esperando que su amigo concluyera la tarea; y había que ver cómo volaba la pluma de ave sobre el áspero papel de hilo de los libros, trazando esos viriles y hermosos números españoles, hoy pasados de moda.
Cuando era invierno hacía un intenso frío en la pieza de techo de paja, paredes de adobe encalados y piso de ladrillos desnudos; mas el cajero sentía que los ojos de la niña, siguiendo los movimientos de su mano desde lo alto del pupitre, le caldeaban el corazón y le desentumecían los dedos.
Y cuando era verano, y la lóbrega estancia sofocaba como un horno, la sola idea de que ella estaba allí, mirándolo siempre, aunque él no la mirara, le refrescaba la frente y le aligeraba el monótono trabajo.
Ella aguardaba seriecita y silenciosa, a que el cajero espolvoreara de arenilla las páginas frescas, señal de que el trabajo había concluído, y cerrara con estrépito aquellos libros enormes, que le daban la ilusión de un saber inconmensurable en su gran amigo, y guardara su reloj de oro, su hermoso reloj más seguro que el sol, según decían.
Entonces él la bajaba del pupitre, la sentaba a su lado o en sus rodillas y le contaba cuentos de reyes y de sultanes y de moros; y acordándose de su pueblo, le hablaba de los pescadores que salen al alba en sus barcas de velas abigarradas y vuelven al entrar la noche, cuando alguna tormenta no los deja dormidos para siempre bajo las olas del mar.