Pasaron largos años, variando apenas los episodios de aquella amistad que iba trocándose en amor silencioso y apacible.
Don Agustín Insúa, viudo desde el nacimiento de su hija, absorto en sus complicados negocios, no sospechó nunca el idilio que se iba tejiendo en su propia casa, y cuando un día alguien le contó lo que pasaba, montó en cólera y cayó como un huracán sobre el cajero y sobre la niña, que era ya una linda joven de diez y ocho años.
Ambos confesaron la verdad; el empleado fué despedido, por haber alzado los ojos hasta la hija del patrón, y ella enviada a un colegio de Buenos Aires, para que olvidara su locura.
Ni él ni ella olvidaron, y cuando algunos años después volvió Rosarito, mayor de edad y libre para disponer de su corazón y de su persona, con una férrea voluntad que nadie habría sospechado bajo su grácil hermosura, huyó de su casa y fué a pedir asilo a una tía, y se casó con su fiel amigo, desafiando el rencor de toda la familia.
Durante muchos meses el episodio fué en Santa Fe el asunto palpitante, que se comentaba en todas las reuniones.
El padre se vengó de la hija, traspasando sus bienes cuantiosos en forma que a su muerte, que ocurrió poco después, los hijos lo tuvieran todo y ella nada.
Uno de sus hermanos, sin embargo, condolido de su situación, le donó la casa en que don Serafín instaló su escuela, único medio de vida que le quedó después de su aventura.
Pero eran felices en su humildad, rayana en la miseria, y cuando tres años después Rosarito murió al nacer su hija, el pobre maestro creyó que el mundo se iba a quebrar y que él se hundiría en el espacio como un pedazo de estrella.
No ocurrió la catástrofe. Las gentes continuaron haciendo su vida ordinaria; sus cuñados ni siquiera fueron al entierro, y él mismo siguió viviendo una vida más obscura, envuelto en inofensivas manías que amortiguaban su dolor, y odiando casi a la chicuela, que crecía ignorante del mal que había hecho; hasta que un día, como un volcán que renace, irrumpió en el corazón del maestro, que se hacía viejo, un amor inmenso hacia la niña, que llevaba el nombre de su madre.
No tenía de ella otro rasgo que los ojos azules, profundos como el cielo en las noches de luna, y aquella amable seriedad que la hacía estarse horas enteras mirando trabajar al maestro.