La niña creció sola en el antiguo caserón de la escuela. Una mulata fiel, hija de una esclava de los Insúa, sirvióles allí hasta que murió, y enseñó a Rosarito a rezar y a ser dueña de casa, mientras su padre la atiborraba con su ciencia, y después de las lecciones, le llenaba la cabeza con los mismos cuentos de reyes y de sultanes y de pescadores, que le conquistaron el amor de la madre.

Cuando murió la criada, se resignaron a vivir solos, cargando Rosarito, que tenía quince años, con todo el quehacer de la casa.

El maestro daba sus clases en un largo salón, enladrillado, que tenía una puerta a la calle, y un techo de madera labrada, como si toda la riqueza de sus dueños, en los tiempos en que se construyó, hubiera querido hacerse ver en las gruesas y profusas vigas de cedro, con prodigiosos adornos a escoplo.

Ya en los años de don Serafín, aquella casa más que secular, se apreciaba como un tesoro, por los que a ojo calculaban el valor del cedro empleado en sus techos.

Y don Serafín en los días de hambre, llamaba a su hija y le mostraba aquello:

—¿Sabes? ¡si nosotros quisiéramos!

Cuando la niña era pequeña, asistía a las clases y aprendía a la par de los otros alumnos: cuando fué mayor, y quedaron solos, mientras su padre repetía las lecciones, ella adentro trabajaba como un ama y como una criada, en la cocina, en el lavadero, en el jardín.

El patio era grande y cuadrado. En dos de sus lados había corredores de teja, con pilares de algarrobo. En los otros dos, que daban al Sur y al Oeste, solamente la tapia cubierta de plantas de diamela, que se encaramaban hasta el borde, y en primavera se nevaban de flores capitosas.

En el centro del patio, crecían profusamente las plantas que entonces se estilaban, cuidadas todas por la mano experta de la niña.

Por una puertita falsa abierta en la tapia del Sur, pasábase a una huerta contigua, llena de naranjos, en la que había además una antiquísima higuera, maravillosa por su frondosidad, que había hecho alrededor de su tronco, a causa de sus ramas perezosas, caídas hasta el suelo y sostenidas por puntales, una enorme estancia, a donde sólo se podía entrar por algunos boquetes, abiertos disimuladamente en el ramaje.