En la huerta se criaban las gallinas, que completaban la fortuna del maestro.
Rosarito amaba su jardín y su huerta, donde estaban todas sus amistades. Las gentes parecían olvidadas de la novela del maestro, pero continuaba pesando sobre ellos un inexplicable ostracismo, del que por su parte no trató nunca de salir.
Orgullosa por instinto de raza, lastimábala el poco aprecio que hacían de su padre, cuyo apellido Aldabas, no tenía realmente la sonoridad aristocrática del de su madre.
Rara vez salía, como no fuera a la misa del alba, los domingos, y algunos días en que estaba triste, y anhelaba un consuelo más alto que el que podían darle las gentes, que apenas la conocían. Pasaba por la plaza, para llegar al colegio de los Jesuítas, y en su ignorancia de las modas, se vestía siempre como le enseñó la mulata que la criara, de blanco y con un manto celeste.
Algunas veces llevaba a la Virgen de los Milagros un ramo de flores de su jardín, y cuando cruzaba por la calle, las gentes se volvían a mirarla, porque era su figura como un sueño que pasa.
Por eso prefería las horas en que las calles estaban solitarias y cerradas las puertas.
En la humildad de su vida también ella, que había heredado la ternura de su madre, iba siguiendo la trama de un romance, desconocido de todos, y cuya intriga le ponía en los ojos azules una pincelada de ensueño, y en la frente pura una arruga leve, en que se adivinaba su voluntad, templada para todas las batallas que podía reservarle el destino.
La tía lejana, en cuya casa halló refugio su madre, muerta hacía tiempo, dejó un niño al cuidado del maestro.
Francisco Insúa entró así en la casa de Rosarito, mayor que ella bastantes años, de tal modo que cuando ella no era más que una chicuela, él era ya un precoz hombrecito que jugaba a las revoluciones.
Se criaron juntos en la escuela. Él la protegía como a una hermanita, y los otros alumnos, que alguna vez se hubieran vengado en ella de las penitencias del maestro, debieron respetarla porque Francisco Insúa estaba siempre pronto a repartir puñetazos entre los que hubieran osado tocar uno solo de los rebeldes cabellos castaños que llenaban de sombra sus ojos inocentes.