Pero Francisco debió abandonar la escuela de don Serafín, porque ni la estéril gramática ni la complicada aritmética, las dos materias fuertes de la institución, llegaron a interesarle nunca, y de la Historia Sagrada, que se les hacía leer en la obra de Mazo, no sacó en limpio más que una profunda admiración por los filisteos gigantes y por el incontrastable Sansón.

Lo hicieron ingresar entonces en el colegio de los Jesuítas, donde no pudo estar tres años; disgustóle la férrea disciplina y se hizo expulsar.

Turbulento y fuerte, acaudillaba a todos los muchachos de su edad, sometidos a él por la destreza insuperable con que boleaba patos y chorlitos en las orillas del Salado, y por su bravura en las peleas y aun por su descreimiento en las cosas que no se veían.

Una noche hizo una apuesta, saltó las tapias del cementerio de San Antonio y se fué a apedrear las lechuzas entre las cruces de los sepulcros; y para más estupor de sus camaradas, se quedó a dormir en la capilla, que habían dejado abierta.

A la mañana siguiente llegó a casa del maestro, pálido pero sonriendo, para disipar la angustia de Rosarito que había pasado la noche llorando por él.

Sólo a ella le confió la verdadera historia de aquella aventura, que le había ganado para siempre la admiración de cuantos llegaron a saberla, pero que dejó en su alma un germen de terror supersticioso.

—"Ya ves—le dijo—yo no creo en las ánimas, pero anoche tuve miedo, miedo de veras. La capilla estaba obscura, y para que entrara un poco de luz cuando saliera la luna, dejé entornada la puerta y me eché a dormir sobre la tarima del altar. Me despertó el ruido de la puerta que se cerró de golpe, como si alguien la hubiera atropellado; pensé que era el viento, pero cerca del techo había una claraboya y a la luz de la luna, alta ya, se veían las ramas de un ciprés inmóvil. No era el viento. Quise saber quién había entrado, pero no me animé; tuve miedo de moverme, sin saber por qué. Me quedé quieto, sin respirar, pareciéndome que algo andaba cerca de mí, no por el suelo como un hombre, sino por el aire como un ave, o como un alma en pena, y que era algo tan grande que llenaba la iglesia. Sentí un aletazo en la cara y me quedé helado, la cabeza pegada en la tarima, cerrando los ojos para no ver, pero conteniendo la respiración para oír mejor. Me pareció entonces que "aquello" estaba allí, a mi cabecera y que respiraba como un niño. No sé cuánto tiempo pasé de ese modo; oí las campanas de Santo Domingo que tocaban antes del alba y abrí los ojos. La iglesia negra y silenciosa, parecía atravesada por una espada de oro, y era un rayo de luna.

"Por la claraboya veíanse las ramas del ciprés, que empezaban a temblar al viento de la mañana. Sintiendo siempre cerca de mí aquello que había entrado a pasar la noche conmigo, me atreví a mirar y ví un cuervo inmóvil como un adorno del altar, posado en una esquina, negro, de cabeza pelada y de ojos brillantes que me miraban fijamente. Me paré de un salto, pero él no se movió, y entonces ví una mano blanca, larga como de una mujer, con un anillo en el dedo, que el cuervo tenía entre las garras. Tuve miedo, porque no miraba su comida, me miraba a mí, como si me hubiera penetrado el olor de cadáver que despedía la mano, y el cuervo creyera que yo era el muerto."

A los años, aquella aventura que él le confió, permanecía viva como un relato reciente, en la memoria de Rosarito.

Él le había dicho: ¿No contarás a nadie que tuve miedo? Y ella se lo prometió y había cumplido.