Francisco Insúa, heredero de una gran fortuna en campos y haciendas, desde que fué hombre pasaba lo más del tiempo en sus estancias, bajando rara vez a la ciudad, casi siempre con propósitos revolucionarios.
Un gobernador amigo, caso extraordinario, pues era enemigo por sistema de todos los gobiernos, agracióle con el cargo honorífico de capitán de guardias nacionales, y con esa designación llegó a los tiempos de Iriondo y de Bayo, que no conocieron adversario más perseverante y activo, por lo cual, cada vez que llegaba a la ciudad, la policía echaba detrás de él sus mejores pesquisantes, para seguirle los pasos.
Una tarde—aquella tarde en que don Serafín tuvo la buena fortuna de hallarse con el Gobernador y con Iriondo,—Rosarito, sola, en la gran casa que empezaba a anegarse dulcemente en la sombra de la noche, sentada sobre un poyo del jardín, en el centro del patio cuadrado, escuchaba la música de la retreta, que llegaba a oleadas, mezclada con el perfume otoñal de las magnolias, que se deshojaban a su vera.
Sentía el alma entristecida por la soledad en que les dejara el hombre que la quería como a una hermana y a quien ella amaba como a un novio.
El día anterior estuvo don Pedro Montarón a pedir noticias de él, y eso era señal para ella de que algo se tramaba. Llenábasele de angustia el corazón, adivinando los riesgos de aquellas aventuras, pero alegrábala el presentimiento de que él vendría.
"Una voce poco fa", tocaba en la plaza la banda de policía, y las frases vehementes de esa música, le daban la impresión de que si ella, alguna vez no se decidía a confesarle su amor, él pasaría a su lado sin sospecharlo.
Sintió que la puerta de calle se abría, arrastrando la piedra que la calzaba, y creyendo que fuera su padre, se quedó allí, persiguiendo su ensueño, entre las sombras de la noche que habían ganado el jardín.
Sólo vió que era Francisco Insúa, cuando él la apretó en sus brazos y la besó en la frente.
—¡Francisco!
Él la hizo callar.