—Que nadie sepa mi llegada. ¿Tu padre? ¿Está en la plaza? ¿Mi cuarto?

En el caserón de la escuela había siempre lista para él una pieza, que Rosarito cuidaba con incansable esperanza.

Pero esa vez tenía otros designios.

—Ahora no quiero dormir allí. Es necesario que si alguien viene y entra de improviso, no sospeche mi presencia. Debo esconderme; dos o tres días, nada más. Arriba, en la guardilla del techo, sobre las vigas del cielorraso, estaré seguro y cómodo.

Ella lo miraba hablar, penetrada de admiración y de ternura, y llena de recelos.

Cuando llegó don Serafín, ya el capitán Insúa tenía su escondrijo, difícil de encontrar, y podía aguardar, sin peligro, la visita de los que con él tramaban la revolución.

III
La conspiración

Al toque de ánimas esa noche, la ciudad parecía desierta.

En la calle de Comercio, que cruzaba los barrios más poblados, no se veía un solo farol encendido. Durante el día se había estado anunciando la tormenta, que a esa hora barría con impetuosas rachas de viento y de lluvia el polvo del arroyo, que pronto fué un lodazal.