Cuando el trueno callaba sentíase la voz lamentable de la campana de San Francisco, obstinada en anunciar a las gentes que habían dado las ocho y debían rezar por las almas de los muertos.
Don Patricio Cullen, el jefe de los adversarios del gobierno, tenía su casa en la calle principal, a poco más de dos cuadras de la plaza, y no lejos de una esquina, donde esa noche, a la luz de los relámpagos, podía advertirse la presencia de dos hombres, embozados en capas obscuras, que desde hacía más de una hora desafiaban allí el vendaval y la lluvia.
Uno de ellos era don Braulio Jarque, jefe de policía, a quien el gobernador Bayo encomendaba la seguridad de su gobierno; y el otro era su secretario y cuñado, el joven teniente de milicias nacionales Carmelo Borja.
Jarque era español, amigo, casi camarada de don Serafín Aldabas, aunque más joven y llegado al país muchos años después que él.
Ocupado en la policía como escribiente en los tiempos de Iriondo, eleváronle al rango de comisario, y de tal manera acreditó su sagacidad en descubrir los planes revolucionarios y hacerlos abortar, la más grave misión de la policía de aquel tiempo, que Bayo, en su gobierno, lo hizo jefe, y los revolucionarios tuvieron que reconocer en él un enemigo terrible, que por vías misteriosas se apoderaba de todos sus secretos.
Y así las revoluciones dejaron de ser calaveradas repentinas e improvisadas, hechas sin plan y sin más propósito que mantener la alarma entre los hombres de gobierno, y debieron transformarse, a lo menos mientras Jarque estuviera en la policía, en un arte de conspiración prolijo y difícil.
Era el jefe un hombre frío y perseverante, de físico mezquino, calvo a los cuarenta años, con una pierna más corta que le hacía rengar, defecto que él procuraba disimular, porque era vanidoso, y comprendía lo mal que sentaba a la majestad de su cargo.
Hacía dos años que se había casado con Gabriela Borja, casamiento inesperado, que no debía ser feliz, por cuanto él vivía en la ciudad, mientras ella se quedaba al lado de su madre, viuda, en la antigua estancia de los Borja, que llamaban "la casa de los cuervos", como a ocho leguas al Nordeste de Santa Fe, sobre el arroyo de Leyes.
Desde algunos meses atrás, Jarque, gracias a los espías que tenía diseminados en las estancias de los opositores mismos, Cullen, Montarón e Insúa, comprendía que se estaba urdiendo una revolución, cuyo desenlace no parecía lejano, a juzgar por lo frecuente de ciertas visitas sospechosas, y de algún movimiento de peonadas en las colonias del Norte, Helvecia y California, donde los revolucionarios tenían una gran popularidad entre los colonos extranjeros.
Lo que desorientaba todos los cálculos era la inacción, aparente a lo menos, del capitán Insúa, quien no se movía de su estancia, ni demostraba preocuparse por la "yerra" de su hacienda, que se anunciaba para dos o tres meses más tarde.