Cuando Insúa marcaba los terneros de sus vacadas, cosa que hacía en el otoño, era una fiesta de dos semanas para todos los criollos de aquellos lugares, que acudían a prestar su ayuda, con el propósito de participar en el interminable jolgorio de la faena; y había años que los "tarjadores", que llevaban la cuenta de los animales marcados, haciendo tarjas con el cuchillo en ramitas peladas, contaban al final de la "yerra", diez mil rayas, que significaban diez mil terneros puestos bajo la célebre marca de Insúa, un corazón partido por una flecha.
Aquellas fiestas en que llegaban a reunirse hasta doscientos peones, solían servir de preludio a la revolución. Las conversaciones, el relato de aventuras políticas, el licor repartido sin tasa, caña del Paraguay, apenas rebajada con agua, encendían el entusiasmo opositor, y sin más preparativos, se ponían en marcha a caballo, hacia la capital, a la que entraban de noche, rumbo a la policía, mal armados, disparando trabucazos al azar, siendo rechazados fácilmente y con escasas pérdidas.
Cuando Jarque se hizo cargo de la policía, hiciéronse más raras tales asonadas. Sabíase que el jefe no deseaba que se concluyeran los movimientos revolucionarios, sin que él tuviera ocasión de hacer un escarmiento. Creíasele capaz de fusilar sin proceso alguno a los cabecillas que cayeran en sus manos, aunque eso hubiera de costarle el cargo a él y el gobierno a los suyos; pero todos, hartos de la intranquilidad en que vivían, cerraban los ojos y le dejaban hacer.
Las revoluciones entraron así en un período de laboriosa preparación, pues los opositores habían comprendido el riesgo de toda aventura mientras aquel hombre estuviera contra ellos, y era preciso no jugar ningún lance, sino con las mayores probabilidades de éxito.
Hacían la revolución, como una función normal en su vida política, sin grandes odios personales, por el sólo deseo de tumbar un gobierno, que los mantenía a raya; y se resignaron a esperar hasta que se ofrecieran las circunstancias propicias, que un día Jarque tuvo la sospecha de que habían llegado.
Don Pedro Montarón iba a dar un gran baile, celebrando el compromiso de su hija Syra con el teniente Carmelo Borja, secretario de Jarque.
Montarón era el Creso de los opositores, la bolsa abierta siempre para costear las revoluciones.
El jefe de policía sospechó que aquel baile podía ser un pretexto para atraer a los hombres del gobierno, relacionados con él, y que no obstante la diversidad de opiniones políticas, no se negarían a asistir. Retenidos en la fiesta, podía el capitán Insúa con su gente caer sobre la ciudad desprevenida, y aun hacer prisioneros a los asistentes a ella.
Sus sospechas se confirmaron cuando le hicieron saber que Montarón había visitado al inofensivo don Serafín, y por el Gobernador supo el objeto de aquella visita, indicadora de que en la ciudad se esperaba la llegada de Insúa.
Pero el joven revolucionario astuto y acostumbrado a aquellos lances, logró entrar en Santa Fe, sin que lo advirtiera la policía de Jarque, de modo que esa noche, mientras el jefe con su secretario, se guarecían de la tormenta bajo el alero de aquella esquina que les permitía observar la casa de don Patricio Cullen, estaban lejos de sospechar que él ya estuviera en sitio seguro, aguardando precisamente a Cullen y a Montarón con quienes debía planear los detalles de la revolución para la noche del baile.