Hacia el extremo de la galería del naciente, había en la escuela una extensa pieza, cuyas puertas y ventanas daban al patio. Era el comedor, el punto de cita, por estar lejos de la calle y próximo a la huerta, para el caso de una sorpresa de la policía.

Al toque de ánimas, esa noche, había concluído la cena frugal, y don Serafín buscó su silla hamaca, en que solía dormitar después de comer, la acercó a la puerta entornada, para mirar el patio, inundado de lluvia, que chispeaba a la luz de los relámpagos, y se quedó allí distraído mientras llegaba el sueño, persiguiendo las siluetas esfumadas de sus antiguos recuerdos.

Junto a la mesa—una mesa de algarrobo lustrado, con aletas que se plegaban o se abrían para agrandarla—sentáronse Rosarito e Insúa, a relatar la historia de los días pasados sin verse.

Una lámpara con pantalla de cartón, fabricada por la niña, diseñaba un disco luminoso en el centro de la mesa, acusando con fuertes contrastes las facciones del joven, sus ojos grandes y obscuros, su tez pálida tostada por el sol, su barba negra recortada al uso de entonces, su pecho fuerte, sus manos poderosas, que de cuando en cuando se posaban sobre la tabla, donde ella, que lo miraba con los ojos iluminados por los pensamientos cariñosos, tenía puesta una de las suyas, que se abandonaba confiada en la de él.

Los ángulos de la pieza quedaban en la sombra. Dos escaños, arrimados a la pared, a uno y otro lado, recordaban el tiempo en que don Serafín tenía pupilos en su escuela, y mayor concurrencia a su mesa. Una alhacena, en el fondo, cubierta con una cortinilla rosada, y una rinconera con un vaso de flores, completaban el mueblaje de la pieza enorme y fría, con sus paredes pintadas a la cal, y su cielorraso de lienzo, que a cada racha de viento se alzaba como un pecho fatigado y crujía como si fuera a rasgarse.

A cada ruido Insúa intranquilo miraba a su alrededor, y Rosarito sonreía.

—Siempre es así—le decía.

Y él continuaba el relato de su vida, que ella atendía con ansiedad, buscando en los innumerables cuadros de aquel tiempo en que tanto pensara en él, la huella de algún pensamiento que él le hubiera dedicado enteramente.

Montarón fué el primero en llegar a la cita. Entró al lóbrego caserón de la escuela, no por la puerta de calle, sino por la huerta, cuyas tapias escaló, porque daban a los fondos de su casa.

Era un hombre de cincuenta años, bajito, regordete, pero ágil y movedizo. Todo rasurado y muy pulcro, con los tupidos cabellos grises cortados al rape, su fisonomía rubicunda, animada por una constante sonrisa, tenía algo de eclesiástico.