Era muy rico, y al revés de Insúa, no tenía una sola vaca, pero sí mucho dinero contante, ganado en empresas bancarias.

Uruguayo, radicado en Santa Fe desde largo tiempo atrás, se hallaba tan vinculado a su suelo por sus negocios y sus amistades, que allí pensaba morir.

Al ruido que hizo sacudiéndose las botas y la capa embarrada, despertó don Serafín, que se alzó de la silla alarmado, sacando su reloj.

—¡Señor don Pedro!—dijo con profunda reverencia.

—¡Señor don Serafín!—respondió estrechándole la mano, y entró al comedor, desvaneciendo con su llegada la tela de ensueño que envolvía, a los ojos cándidos de Rosarito, aquel cuadro familiar.

Abrazó fuertemente a Insúa, arrastró uno de los escaños hasta la mesa, negándose a aceptar ninguna de las sillas que le ofrecieron, y se sentó buscando la sombra de la pantalla, para observar mejor.

Su sonrisa maliciosa hizo ruborizar a Rosarito.

Antes de que hablara ninguno de ellos, cohibidos como estaban por diferentes sentimientos, un empujón dado a la puerta de la calle, cuya piedra se arrastró sobre las losas del zaguán, les anunció la llegada de un nuevo contertulio.

Debía de ser don Patricio Cullen, por lo cual Insúa salió a recibirlo y a trancar la puerta, que dejaron entornada, a fin de que el jefe de los revolucionarios entrara sin llamar.

Don Serafín, que no le esperaba, viéndole llegar sintió crecer su alarma y tornó a mirar el reloj, con aquel gesto a que recurría en los casos apurados.