Adivinó qué podía significar aquella reunión y cuchicheó al oído de Cullen:
—¿Así pues, señor don Patricio, se trata de una revolución?
Don Patricio le apretó la mano con una gran cordialidad y le respondió sonriendo:
—Si fuera así, mi amigo, ¿podríamos contar con usted?
—¿Conmigo?—exclamó el maestro, retirando su silla del hueco de la puerta, como si la palabra comprometedora de Cullen hubiera resonado en toda la ciudad y él temiera la repentina irrupción de la policía.
—Sí, don Serafín; necesitamos que usted nos dé la hora para que todos nuestros relojes estén de acuerdo. El secreto del éxito en las revoluciones está en que se produzcan en el momento preciso.
—¡Ah, señor don Patricio!—respondió súbitamente interesado el maestro—si ustedes tuvieran un "Losada"...
El ex gobernador de Santa Fe había tomado asiento ya en la silla que le ofreció Rosarito, junto a la de Insúa, la que ella ocupaba.
Don Serafín en pie, aguardando una explicación que no vino, miraba con nueva angustia el cuadro alarmante que alumbraba su pacífica lámpara.