Era amigo de aquellos tres hombres reunidos para conspirar, sin duda, y era como el padre de uno de ellos, y a pesar de eso y de su afición a las intriguillas políticas, la cosa parecía más seria que de costumbre, y la conspiración se realizaba allí, bajo el techo de su escuela, cuya existencia estaba en mano del gobierno, que la subvencionaba.
—¡Señores!—les dijo; pero la voz se le anudó en la garganta.
Los tres lo miraron.
—Usted nos dará la hora;—volvió a indicarle don Patricio, con amable sonrisa,—hasta entonces sea sordo, ciego y mudo.
—Mudo sobre todo, mi tío—añadió Insúa, haciendo luego una seña a Rosarito para que los dejasen solos.
El maestro salió suspirando y palpando su reloj, con una explicable angustia, desde que acababan de manifestarle que en su preciosa máquina estaba encerrado el minuto decisivo de la revolución.
—¡Mi reloj, mi reloj!—exclamaba, siguiendo dócilmente a su hija, que lo hizo acostarse.
—¿Es seguro ese hombre?—preguntó Cullen cuando quedaron solos.
La luz de la lámpara daba de lleno sobre la figura majestuosa de don Patricio, y su barba castaña, abierta sobre el pecho adquiría tonos dorados.