Cuando don Serafín, exultante de alegría, llegó un rato después a su casa, donde Rosarito le aguardaba con angustia, y le contó la escena, y le enseñó el papel que al día siguiente se trocaría en dinero y le refirió lo del comentado noviazgo, ella que lo escuchaba pálida, sospechando alguna intriga, juntó las manos:
—¡Oh, tata! ¿por qué le dijo dónde estaba Francisco?
Y sólo entonces comprendió el mísero don Serafín que había caído en una hábil celada, revelando el secreto de que en ese momento dependía la suerte de la revolución.
Insúa, en verdad, había vuelto y hacía un mes que se mantenía oculto en la Casa de los Cuervos. Eran contados y fieles los que sabían su paradero, y como aquel sitio fuera registrado vanamente dos veces, el gobernador, atendiendo a la protesta de su prima doña Carmen de Borja, había resuelto que no se la molestase más, ya que era inútil.
El caudillo, desde allí, al habla con los dos o tres que tenían los hilos del complot, en Santa Fe, preparaba el estallido, que debía producirse no bien don Patricio Cullen bajara del Norte, con sus montoneros.
Rosarito comprendió todo el alcance de la indiscreción de su padre. Ella conocía la Casa de los Cuervos, pues el año antes, en las vacaciones, Jarque los había llevado a los dos, por una breve temporada.
Sentóse junto a la mesa, sobre la cual ardía un humoso velón, cuya vacilante luz dejaba en densa tiniebla los extremos de aquella pieza, que aparecía más grande con la pobreza de sus muebles, y daba de lleno sobre su rostro inteligente.
Su padre la miraba arrepentido y ansioso, esperando la solución que ella le sugiriera.
—Tata—le dijo—si no se le avisa antes de mañana, lo habrán puesto preso. Lo buscan para enjuiciarlo; además quieren tenerlo en seguro para impedir la revolución.