Don Serafín asintió con la cabeza y continuó callado.
—Esta noche mismo yo me iré a la Casa de los Cuervos, y le avisaré para que huya.
Se paró, y su rostro quedó en la sombra, donde lucían sus ojos, como si estuvieran iluminados por la sola luz de su alma.
—¿Vas a ir?—gimió el maestro, que jamás se había separado de su hija.
—Sí, tata. Tenemos que salvarlo, y sólo yo puedo ir hoy mismo. Algún canoero me llevará. Antes del alba; saliendo ahora habré pasado la laguna, y en dos o tres horas más estaremos en la Casa de los Cuervos. Ningún piquete que no salga enseguida, podría adelantárseme. Si Dios me ayuda así lo salvaremos.
Don Serafín agachó la cabeza resignado. La niña se envolvió en su manto y se fué a la barraca de Fosco donde podrían informarle sobre un canoero de confianza.
Al pasar frente a Santo Domingo, sonaba el toque de ánimas, y aquellas campanadas lúgubres vibraron como si tocaran en su corazón, anunciándole próximas desgracias.
Se estremeció de terror, y para vencer su miedo, se santiguó y echó a correr.