II
El aviso

La tarde cayó como un velo ceniciento sobre el campo, cubierto de pajas sobre el río dormido, sin una arruga entre las inmóviles carrizas, sobre el alma de la niña, que se llenó de tristeza, viendo morir el último día en que aún pudo guardar su ilusión.

Esa mañana, al rayar el alba, había llegado, en efecto, a la Casa de los Cuervos, rendida, porque para abreviar la jornada y llegar antes que nadie, tuvo que ayudar al canoero.

La travesía de la laguna habíanla hecho, siguiendo la costa, con un buen viento que hinchaba alegremente la vela.

De cuando en cuando el canoero, sentado en el taco de popa, daba un golpe de pala para rectificar el rumbo de la embarcación. Ésta a veces tocaba el fondo gredoso, porque no siempre el agua era profunda; a veces la pala se hundía toda entera, y el canoero se quedaba tranquilo por un rato.

Rosarito al pie del mástil, arrebozada en un manto obscuro, temblando de frío y de ansiedad, miraba la costa, como una faja negra, y la vasta napa de agua agitada por el viento de la noche, que arrojaba sus olas negras contra las bordas de la canoa.

Cuando entraron en el arroyo de Leyes, la vela se desinfló. El viento calmaba, y allí apenas se sentía, resguardado el lugar por los tupidos sauzales de las orillas.

El canoero dejó la pala y tomó el botador.

—Usté, niña, si puede, ayúdeme con la pala, de proa.

Fueron las primeras palabras que pronunció. Parecía haber hecho dormido el viaje hasta entonces. Rosarito obedeció, sin darse cuenta de cuál podía ser el servicio que prestaran sus fuerzas. Pero remó con brío, desentumeciéndose con el ejercicio, sintiéndose luego jadeante, pero decidida a remar hasta que hubiera llegado, para que aquel hombre no se descorazonara en la extraña aventura.