No le había preguntado por qué viajaba de noche y sola. En aquellos tiempos de revoluciones, los hombres discretos no pretendían informarse de las cosas que no les atañían, por raras que le pareciesen.
Le pagaban bien y aunque era ruda la jornada, no tenía derecho de quejarse, cuando aquella niña se mostraba infatigable y valiente.
Bogaban cerca de la margen. Las altas hierbas acuáticas rozaban la borda, con un ruido de papeles ajados, y llegaban a poner su caricia húmeda y fría, por el rocío, en la mano de Rosarito, que se estremecía a su contacto.
La barca deslizábase dejando una estela en que se quebraba la luz de las estrellas, que empezaban a dormirse en el cielo, ante la cercanía del alba. El agua chapoteaba contra la costa gredosa, y aquel ruido monótono, mezclado al concierto nocturno de los grillos y de los camalotes podridos en el barro, iba anegando en somnolencia el pensamiento de la niña.
Dejó la pala y se sentó sobre el taco de proa. El manto que le cubría la espalda, caía fuera de la borda, mojándose una punta.
—Estoy cansada—dijo, como una disculpa.
—Ya me parecía que así había de ser—contestó el canoero dando un empellón más fuerte, como para mostrar que la canoa marchaba por él y no por ella.
Rosarito se adormeció temblando de frío, al dejar el violento ejercicio.
Ya no tenía miedo, ni del hombre que le acompañaba, ni de la noche que le envolvía, ni de las hierbas húmedas que le besaban la mano al pasar, con el contacto viscoso de una víbora o de un sapo. Una gran ilusión se levantaba en su corazón, como el lucero que en ese momento anunciaba el alba...