Cuando ella fuera hasta "él" y le dijera que había hecho aquel viaje descabellado, sin pensar en peligro ninguno, por anunciarle que debía huir, él, sin que ella hablara más, comprendería su amor y adivinaría el temple de su carácter, que la hacía digna de ser la mujer de un caudillo.

¿Pero en verdad, comprendería él que ella lo amaba, que lo había amado siempre?

Sintió en los labios el beso de aquella noche triste, en que oyendo las descargas de los soldados que se batían en la plaza, ella creyó morir. ¿Por qué la había besado antes de ir al combate si no era para decirle que también él la amaba?

Su ensueño duró hasta que llegaron a la Casa de los Cuervos, cuando la ceniza de la escarcha brillaba sobre los campos a la luz de la aurora.

El canoero, que conocía el lugar, dijo:

—Aquí es.

Y Rosarito se levantó de golpe, pensando que podía hallar a Insúa al saltar a tierra.

Todo el campo aparecía como sembrado de sal, y más que en el frío, mostrábase el invierno en la ausencia de los pájaros, y en el gran silencio que reinaba sobre la tierra despierta ya.

Sólo en las casas sentíase el ruido que hacía un peón, martillando un freno, que se había doblado; y en la isla de enfrente la algarabía áspera de las gallinetas y de los chajás, que saludaban al nuevo sol que empezaba a salir.

Llegó el capataz, al oír ladrar los perros, y Rosarito preguntó por Insúa, y tuvo que explicarle de qué se trataba, para que el desconfiado campesino los hiciera pasar hasta el patio de los naranjos, donde ella vió los cuervos, que daban nombre a la estancia. Los dos pajarracos, posados en el suelo, devoraban su ración de la mañana, antes de salir al campo de las ovejas. Al pasar Rosarito se levantaron, y ella sintió el viento y el tufo que arrojaban sus alas.