No pensó en nada triste, porque allí estaba Insúa, que la habló, inmensamente sorprendido de verla.

—¿Qué hay?

Y ella le contó. Y él quiso ver entonces la canoa en que había venido, y fueron los dos hasta la orilla del río, y bajaron la barranca. Ya no estaba el canoero, que había ido hasta las casas con el capataz, pero la pequeña embarcación, con la proa en tierra, parecía reposar de su larga jornada, junto al bote de Gabriela que se balanceaba en el agua.

Insúa comprendió la suma de valor y de destreza que había gastado la niña en su aventura. Se volvió a ella, que estaba a su lado, estremecida, esperando aquella palabra con que había venido soñando.

Mas no la dijo. Le apretó la mano.

—Gracias, Rosarito. Voy a salir enseguida, porque ellos no tardarán.

Subieron hasta las casas, juntos los dos. Rosarito silenciosa y desencantada; él contándole a grandes rasgos lo que podía decirse de la revolución que preparaban, y que estaba fijada para algunos días después.

Recibida con afecto en la Casa de los Cuervos, la hija del maestro empezó a comprender qué sortilegio había apresado aquella alma errante, que ella perseguía con amor hacía tantos años.

En pocos minutos se hicieron los preparativos de la fuga. Alarcón ensilló los caballos y cuando todo estaba listo, Rosarito vió a Insúa apartarse con Gabriela, siguiendo la calle de los eucaliptus, sombría a pesar de los rayos oblicuos del sol que se filtraba por entre sus troncos; y sus ojos se abrieron a la triste verdad.