No pudo esconder sus lágrimas, cuando los vió venir. Pensó que él la habría besado, como en aquella noche inolvidable en que él le robó un beso para que le sirviera de talismán en la batalla.
—¿Por qué lloras, Rosarito?—le preguntó él, subiendo a caballo.—No hay peligro para mí; no se ha fundido la bala que ha de matarme...
—¡Que Dios te bendiga!—le dijo, como una madre o como una hermana.
Él partió al galope seguido de Alarcón. Gabriela se había entrado. La silueta severa de doña Carmen de Borja, que un momento se pintara en la galería, bañada de sol, desapareció como una sombra.
Cumplida su misión Rosarito pensó volverse, mas no la dejaron, haciéndola ver que si la gente del gobierno, que sin duda vigilaba el río, la veía pasar en canoa, adivinaría que ella había sido la mensajera, y expondría a su padre a persecuciones o venganzas.
Haría mejor en aguardar dos o tres días antes de partir, y entonces se iría en volanta, lo cual se prestaría a menos sospechas.
Accedió, y esa tarde fué sola hasta la barranca, a despedir el canoero que se volvía, y cuando él partió, ella se quedó mirando cómo se entraba aquel sol que esa mañana vió salir, con una extrema ilusión.
A lo lejos el monte quieto, iba espesando su faja sombría. El grito de una lechuza, a la puerta de su cueva, rompía el gran silencio, apenas turbado por el melancólico rumor del río.
Sobre las nubes cobrizas de Occidente, el sol parecía un enorme sello de lacre, que teñía el cielo con un reflejo cárdeno.
Callaba el viento, que durante todo el día había silbado en los duros espartillos del campo, pero a ratos la brisa del río, con un frío aletazo, hacía temblar a la niña, que miraba las cosas, poniendo en cada una un poco de su tristeza.