Se echó a llorar, sentada en el bote de Gabriela, que parecía una gaviota dormida.
No sintió correr el tiempo. Cuando la fueron a llamar era de noche, y en el árbol seco dormían ya los cuervos.
III
El incendio del garzal
Aquella zona de la costa, que el río inunda cuando crece o que las lluvias anegan, transformándola en un lago inmenso, de escasa profundidad, debía ser el pasaje de las montoneras revolucionarias, y el gobierno continuamente destacaba piquetes que la vigilaran.
La tarea no era fácil. Saliéndose del camino de Helvecia, que cruzaba por allí, el terreno era liso como un plato, sin monte, sino a lo lejos, pero cubierto de pajales, tupidos y altos, donde se guarecía la hacienda matrera, y donde podía esconderse perfectamente un hombre a caballo.
Acercarse a aquellas isletas sospechosas, con aire de ir a explorarlas, era exponerse a recibir una bala de un enemigo invisible.
A fines de Junio del año 77, los lugares que se inundaron por las lluvias estaban secos, pues hacía tres meses que no llovía y se habían transformado en un escondrijo admirable para el gauchaje alzado, que merodeaba por aquellos lugares viviendo de rapiñas y pernoctando en los pajales misteriosos, llenos de extraños rumores en los días de viento.
Los mismos soldados del gobierno, en ciertas ocasiones aprovechaban el fácil escondrijo, ya para hacer noche, ya para observar sin ser vistos, a los viajeros que podían pasar por el camino.