Y así fué como Insúa y Alarcón, que vadearon el río buscando el mejor camino para la estancia de "Los Algarrobos", donde esperaban reunirse con Cullen, estuvieron a punto de caer en poder de uno de los piquetes que vigilaban las costas.
Cuando la partida gubernista los vió pasar por el camino limpio, de lejos reconoció al caudillo revolucionario, cuyo poncho blanco de vicuña flotaba a sus espaldas como un albornoz.
—¡Son ellos!—dijo el jefe.—¡Vamos, muchachos!
Crujieron las pajas, tronchadas por los cascos de las cabalgaduras y surgió sobre el camino la figura salvaje de los seis hombres que componían la partida, vestidos a medias de militares y a medias de gauchos.
Insúa y su compañero, que se alejaban al trote, resguardados por un pequeño monte de chañares, que en aquel sitio obligaba al camino a hacer un recodo, sintieron el ruido a sus espaldas, y a través de los árboles vieron la avalancha de hombres que se lanzaba sobre ellos.
El pensamiento de echar pie a tierra y contener a balazos a los seis policianos, fué el primer recurso que se le ofreció al revolucionario. Pero sólo Alarcón tenía su carabina. Él llevaba su revólver, ineficaz a esa distancia para un blanco tan movible como el que presentaban sus adversarios, lanzados al galope.
Además, todos ellos, armados de carabinas, habrían podido con más éxito contestar su agresión.
—¿Es bueno tu caballo?—preguntó a su compañero que montaba un zaino obscuro.
—Es de "Los Algarrobos"—contestó simplemente Alarcón, haciendo el elogio, porque don Patricio Cullen tenía en su estancia una cría de caballos muy acreditada.