—Castigá entonces—díjole Insúa que montaba su famoso tostado.
Y los dos, agachados sobre el cuello de sus cabalgaduras, empezaron una carrera frenética que había de durar mientras los otros no cejaran en su persecución.
El montecito de chañares les salvó del tiroteo que los perseguidores pudieron dirigirles al sorprenderlos a menos de medio tiro de rémington; y cuando, más allá, el obstáculo desapareció, la distancia había aumentado sensiblemente, dificultando la puntería.
Pronto sintieron el silbido de las balas.
Insúa se echó a reír, espoleando su caballo.
—No está fundida la que me ha de matar—dijo repitiendo las palabras que había dicho a Rosarito.
Tenía fe en su estrella. Alarcón, sin embargo, serio y triste, le respondió:
—Toda la noche he sentido graznar a los cuervos. Dicen que eso anuncia desgracia.
Pronto dos de los perseguidores, mal montados, fueron quedándose atrás. Se detuvieron, abandonando la partida, echaron pie a tierra y hubieran comenzado el fuego en condiciones mejores, si sus propios compañeros que corrían sobre la misma línea del camino, detrás de los dos revolucionarios que huían a quinientos metros de distancia, no los hubieran defendido cubriéndolos con sus cuerpos.