—¡Que Dios los ayude!—dijo uno, dejando el fusil y poniéndose a arreglar el apero de su caballo, que humeaba sudoroso.—Van bien montados y no los alcanzaremos.
La persecución duró algunos minutos más. Sobre el camino blanco brillaba al sol una prolongada nube de polvo, que señalaba el paso de los hombres. No había viento y quedaba flotando extenso rato a lo largo de los pajales verdes.
El jefe de la partida, sintiendo que su mismo caballo empezaba a aflojar, y viendo cada vez más distantes a los dos fugitivos, soltó una maldición y se detuvo.
—¡Alto!—dijo—¡a esos no los alcanzan ni las balas! Llevan caballos de la marca de Cullen.
—O de la de Insúa—respondió uno de los soldados—el tostado del capitán es de su estancia del norte. Yo lo conozco; tiene fama de ser el mejor parejero de estos pagos...
Durante algunos minutos, parados en el camino, siguieron con la vista el pequeño grupo de los revolucionarios, que se iba achicando, hasta que desapareció entre el polvo del camino y los pajales.
—Los cuervos han mentido—dijo Insúa a Alarcón, conteniendo su caballo, al notar que sus perseguidores habían renunciado a alcanzarlos.
—Falta mucho para que se entre el sol—observó Alarcón.—Además, lo que no sucede hoy, sucede mañana.
—¿Estás con miedo?