—No, mi capitán.
—No hablés entonces de cosas tristes.
Siguieron al tranco, refrenando sus corceles enardecidos por aquella media hora de fuga frenética.
Insúa pensaba que la partida que lo había sorprendido no debía ser la única apostada en el camino de "Los Algarrobos", y que siguiéndolo corrían el riesgo de tropezar con alguna otra de la cual no pudieran evadirse con tanta fortuna.
Los caballos hacia el mediodía necesitaban descansar.
Estaban a la altura de Mocoretá, lugar aislado, entre el Saladillo y los bañados de la costa del río San Javier. Llegándose hasta allí podrían tomar un camino menos peligroso, a través del Campo del Medio, tierra de amigos, que confinaba con la colonia Helvecia, donde Insúa contaba con el mejor núcleo de gente para la revolución, los colonos suizos, tiradores eximios, comprometidos a levantarse y a seguir a Insúa, cuando don Patricio Cullen les diera la señal que aguardaban hacía tiempo.
Insúa y su compañero seguían a lo largo del Saladillo tortuoso, cuya margen escarpada en aquella altura, estaba poblada de bosques enmarañados, de algarrobos y ñandubays. Galopaban buscando "los limpios", y en el profundo silencio que bajo la comba de los árboles reinaba como un tácito gesto del invierno, no se oía, aparte de las sordas pisadas de los caballos, más que el crujido de alguna rama demasiado seca, desgajándose sobre la tierra cubierta de musgo.
De pronto gritó una lechuza, y Alarcón, que sabía interpretar los mil indicios del monte, se detuvo y dijo en voz baja:
—Debe de haber algún rancho por aquí.