Insúa asintió y comenzaron a marchar al tranco, prestando oído a cuanto rumor sospechoso llegaba hasta ellos.

La lechuza gritó de nuevo, y Alarcón echó pie a tierra, se acostó y miró en la dirección de su grito por debajo de los árboles.

—Hay un rancho—dijo—como a dos cuadras de aquí.

Volvió a montar. El rancho quedaba entre ellos y el río. Si habían de cruzar éste para llegar a Mocoretá, les era menester seguir la costa, buscando un vado.

Aquella habitación humana, que no conocían, se les hizo sospechosa.

—Debe de ser de no ha mucho—murmuró Alarcón.

Caminaron un trecho callados, y luego oyeron ladrar a los perros que los habían sentido.

—Pasemos de largo y al galope—dijo Insúa.

Castigaron los caballos y cruzaron a cierta distancia del rancho, que daba sobre la barranca, a breve trecho del río. En un corralito de ramas vieron algunos caballos, pero ni una sola persona se asomó a la puerta, por más que los perros les ladraron hasta que se perdieron de nuevo entre el monte.