—Es raro—pensaba Insúa—allí había alguien. ¿Por qué no ha salido?

Un momento tuvo intención de volverse, sospechando que el rancho pudiera servir de refugio a algún espía del gobierno, puesto allí en el vado, por donde pasaban los que iban a Helvecia, a través del Campo del Medio.

Desechó tal idea, que le habría demorado, y se acercó a la costa, buscando un paso, que les permitiera cruzar el cauce del riacho, sin desensillar y montados.

No fué difícil hallarlo. Vieron huellas de hacienda que había pasado, y enderezaron por allí. Los caballos olían el agua resoplando; la corriente era fuerte, pero escasa la profundidad, y así, minutos después galopaban sobre la otra margen, tierras bajas, anegadas por el río y por las lluvias y cubiertas de tacuruces, pequeños montículos de tierra en que anidaban las hormigas, por temor al agua, y de ásperos espartillos, en que el viento se arrastraba gimiendo.

No había arboleda. La pradera desnuda, color de pizarra, se dilataba hacia el Este en una vasta zona, en que la vista no hallaba lindes. Hacia el Norte se divisaba una faja obscura y lejana; eran los montes de Mocoretá, algarrobos enormes, con uno que otro fresco ñandubay, abierto como un paraguas sobre un tronco recto y de ruda corteza.

Faltaba mucho aún para que se entrara el sol, cuando llegaron a las primeras filas de árboles. De allí el Campo del Medio no distaba más de cuatro leguas, y habrían podido alcanzarlo antes de la noche. Pero los caballos estaban cansados por el largo galope y convenía hacerlos reposar algunas horas, a fin de tenerlos bien y llegar en la madrugada, disponiendo de todo un día para hablar a la gente de esos contornos.

Insúa conocía a un cuidador de haciendas, que tenía un "puesto" por aquellos lugares de Mocoretá, y se dirigieron a su rancho.

Ellos mismos, en ayunas aún, sentían ansia de tomar algunos mates, lo que les sería suficiente, si no había otra cosa, pues en más de una ocasión habían soportado largas abstinencias, sin otro alimento que los cimarrones que les brindaban en las miserables chozas de aquellos campos semidesiertos donde hallaban amigos o conocidos.