Sobre lo más alto de la suave lomada, en que crecía el monte frondoso y virgen, en un trozo de campo, limpiado con el hacha, estaba el "puesto" del paisano cuidador de las haciendas de Mocoretá.

Vivía con su corta familia, dos o tres personas, más aisladas del mundo que él mismo, porque siquiera él, en los días de fiesta solía llegarse a caballo hasta la colonia, donde había carreras o jugadas de taba.

Un grimillón de perros, que le ayudaban a rejuntar las vacas, cuando paraba rodeo, salieron al encuentro de los dos viajeros, y a sus ladridos apareció el paisano en el patio de tierra dura, y luego su mujer en el umbral de la puerta, con un chicuelo en brazos.

La luna saldría tarde esa noche, e Insúa pasó las horas tomando mates amargos que le cebaba Alarcón, esperando su salida, para marchar de nuevo, mientras los caballos pastaban atados a un largo lazo, el pasto fino, aún verde, que los árboles frondosos habían librado de las heladas.

El puestero tenía carne abundante de un novillo sacrificado días antes, y así pudieron "churrasquear" al amor del fuego, encendido en mitad de aquel rancho de paja.

La noche llegó pronto, profunda, sin estrellas y ventosa, del lado del Sur. Hacía frío, y se estaba bien en el interior de la choza, alumbrada por un pábilo que ardía en un plato lleno de pellas de sebo. Mas cuando contaban con un rato aún de reposo, sintieron ladrar los perros, señal de que alguien llegaba, y poco después el rumor de algunos jinetes que invadieron al galope el pequeño patio frente a la puerta cerrada.

Oyóse ruido de armas.

Insúa y Alarcón se miraron. El caudillo revolucionario vió que su compañero, rápido y silencioso calzaba la puerta por dentro con un mortero de algarrobo, y con el filoso facón, que le servía para cortar la carne, se ponía a abrir un boquete cortando la paja atada en "quinchos" con guascas, que formaban la pared del rancho, en el lado opuesto a la entrada.

El puestero contestaba en tanto a los que de afuera le hablaban.

—¡Abra, amigo!